Del garrote al algoritmo: una historia de cómo resolvemos problemas
Imagina a uno de nuestros antepasados en un paisaje del África oriental, mucho antes de que existieran las ciudades, la escritura o incluso nuestra propia especie. Sostiene una piedra, busca un punto de apoyo y la golpea contra otra. No sabemos qué tenía en mente, ni si aquella acción buscaba producir un filo concreto. Lo que sí sabemos es que algunos de nuestros antepasados modificaban materiales de su entorno millones de años antes de que aparecieran los ordenadores.[1]
Ahora imagina una escena muy distinta: alguien, a las dos de la madrugada, intentando averiguar por qué un programa no funciona. Cambia una línea, ejecuta una prueba, observa el resultado y vuelve a revisar el código. La distancia entre ambas situaciones es enorme, pero la comparación invita a hacerse una pregunta: ¿qué relación hay entre transformar un objeto y transformar una representación del mundo?
Sería tentador responder que siempre hemos resuelto problemas del mismo modo. Sin embargo, esa afirmación ocultaría tanto como revela. Los problemas cambian, las sociedades crean nuevas formas de conocimiento y las herramientas condicionan qué podemos hacer. Una piedra tallada no es un algoritmo, pero ambas permiten explorar una relación que atraviesa nuestra historia: la que existe entre pensamiento, acción y tecnología.
Solemos contar la historia de los inventos como una sucesión de objetos cada vez más sofisticados. Quizá resulte más interesante mirarla desde el otro lado: ¿qué han hecho esos objetos con nosotros? Las herramientas amplían nuestras posibilidades de actuar, pero también pueden reorganizar cómo aprendemos, recordamos, colaboramos y explicamos el mundo.
Por qué no podemos dejar de resolver
Para aproximarnos a esa cuestión podemos comenzar por la evolución humana. El psicólogo Steven Pinker ha propuesto la idea del «nicho cognitivo»: una estrategia evolutiva en la que comprender relaciones causales, cooperar y transmitir información pudo resultar tan importante como la fuerza física o la velocidad. Es una hipótesis explicativa influyente, no una descripción única y definitiva de nuestra evolución.[2]
Un objeto no se presenta ante nosotros únicamente por su forma. También percibimos lo que permite hacer: una superficie puede servir para apoyar algo; una rama, para alcanzar aquello a lo que no llegamos. El psicólogo James J. Gibson llamó affordances a esas posibilidades de acción que surgen de la relación entre un organismo y su entorno. No son exclusivas de los humanos: otros animales también descubren y aprovechan propiedades de los objetos.[14]
La filosofía de la mente añade otra pregunta. En The Extended Mind (1998), Andy Clark y David Chalmers defendieron que, en determinadas circunstancias, los recursos externos pueden formar parte del propio proceso cognitivo. Su argumento no implica que una piedra y un ordenador funcionen neurológicamente igual, ni que cualquier objeto que utilicemos sea una parte de nuestra mente. Lo que propone es reconsiderar dónde situamos la frontera entre pensar y utilizar el mundo para pensar.[3]
La memoria de trabajo es limitada y nuestras decisiones dependen del entorno. Anotar una idea, mover una pieza sobre una mesa o dibujar un esquema puede reducir las exigencias de una tarea: a este fenómeno se lo denomina descarga cognitiva (cognitive offloading). No significa que toda herramienta mejore automáticamente el razonamiento; significa que parte del trabajo puede trasladarse al mundo físico.[4]
Pero antes de preguntarnos cómo llegamos a delegar cálculos en máquinas, conviene volver mucho más atrás. ¿Cuándo empezó nuestra relación con las herramientas? Y, sobre todo, ¿fue una invención exclusivamente humana?
Cuando una piedra dejó de ser solo una piedra
Durante mucho tiempo se relacionó la fabricación de herramientas de piedra con los primeros representantes del género Homo. El hallazgo de Lomekwi 3, en Kenia, complicó esa historia. En 2015, un equipo de investigadores describió artefactos líticos de aproximadamente 3,3 millones de años, anteriores a los fósiles más antiguos conocidos de nuestro género. Las piedras mostraban indicios de percusión y extracción de fragmentos. La identidad exacta de sus fabricantes, sin embargo, sigue siendo incierta.[1]
Es difícil resistirse a imaginar el instante en que alguien descubrió que un golpe podía producir un borde cortante. Pero la arqueología no permite reconstruir con esa precisión una intención individual. Estudia huellas, materiales, contextos y patrones de producción. Incluso llamar «primer invento» a un hallazgo sería arriesgado: los objetos perecederos, como palos o fibras, rara vez sobreviven tanto tiempo como la piedra.
Tampoco deberíamos confundir fabricar herramientas con ser humano. Los chimpancés, por ejemplo, emplean piedras como martillos y yunques para abrir frutos; algunos grupos utilizan ramas modificadas para acceder a alimentos. Sus prácticas son diversas y, en ciertos casos, se relacionan con tradiciones aprendidas socialmente.[5]
La pregunta, entonces, deja de ser «¿qué especie tuvo la primera herramienta?» y se vuelve más exigente: ¿qué diferencias existen entre usar objetos, transformarlos deliberadamente y construir tradiciones técnicas que puedan cambiar con el tiempo? No basta con observar que dos especies golpean piedras para concluir que comparten el mismo conocimiento. Pero tampoco podemos sostener que la tecnología apareciera de golpe, como si una frontera nítida separase una naturaleza sin herramientas de una humanidad inventora.
El registro arqueológico muestra una historia fragmentaria, no una escalera inevitable que conduzca de una lasca hasta un ordenador. Cada tecnología responde a contextos ecológicos y sociales concretos. Y, aun así, el contacto entre un cuerpo y un material abre una posibilidad decisiva: que una modificación del mundo cambie también la manera de explorarlo.
Pensar con las manos: ¿las herramientas transformaron nuestra mente?
Imaginemos a una persona que aprende a trabajar la madera. Al principio debe prestar atención a cada gesto: la inclinación de la herramienta, la resistencia del material, la dirección de la veta. Con la práctica, algunas decisiones dejan de necesitar una deliberación consciente constante. El conocimiento no está solo en una descripción verbal del procedimiento; también aparece en habilidades corporales desarrolladas mediante la experiencia.
La idea de cognición corporizada (embodied cognition) cuestiona la imagen de una mente que primero calcula un plan completo y después ordena al cuerpo ejecutarlo. Percibir, moverse y pensar pueden influirse mutuamente. Eso no convierte las manos en un cerebro independiente, pero sí impide entender la acción como un simple trámite posterior al pensamiento.
El arqueólogo cognitivo Lambros Malafouris lleva esta cuestión al terreno de la cultura material. En How Things Shape the Mind (2013), desarrolla la teoría del compromiso material, según la cual los procesos cognitivos deben estudiarse atendiendo a la interacción dinámica entre cuerpos, objetos y prácticas. En su lectura, fabricar no consiste necesariamente en proyectar una idea acabada sobre una materia pasiva: el material también ofrece resistencias, oportunidades y respuestas que orientan la actividad.[6]
Pensemos en un dibujo. Puede comenzar con una imagen mental imprecisa, pero al trazar la primera línea aparecen proporciones, errores y posibilidades que antes no eran evidentes. La superficie dibujada se convierte en algo con lo que razonar. Algo parecido sucede al mover fichas para estudiar una estrategia o al utilizar una representación gráfica para entender datos: la información exteriorizada cambia lo que podemos observar de un problema.
Hay que distinguir, no obstante, entre una interpretación filosófica y una conclusión experimental. Las teorías de la mente extendida y del compromiso material ofrecen marcos para pensar nuestra relación con los objetos; no prueban por sí solas qué estaba pensando un fabricante de herramientas de hace millones de años. Su valor está en que obligan a formular mejor la pregunta: quizá las herramientas no solo sean resultados de nuestras capacidades cognitivas, sino también parte del entorno en el que esas capacidades se ejercitan y desarrollan.
El conocimiento que sobrevivió a sus creadores
Una herramienta puede perderse, romperse o quedar enterrada. Un procedimiento, en cambio, puede sobrevivir a quien lo descubrió si otras personas aprenden a reproducirlo. En ese hecho aparentemente sencillo se encuentra una diferencia fundamental entre una solución individual y una tradición técnica: el conocimiento puede acumularse más allá de una sola vida.
Imagina una comunidad en la que una persona descubre una forma más eficaz de afilar una piedra. Si nadie observa o aprende el procedimiento, la innovación puede desaparecer con ella. Si se transmite, otros podrán repetirla y quizá modificarla. La siguiente generación no tendrá que reconstruir cada paso desde el principio. Eso es lo que los investigadores llaman evolución cultural acumulativa.
Michael Tomasello estudió esta capacidad de aprender de otros y la describió mediante la metáfora del efecto trinquete: ciertos cambios culturales pueden mantenerse y servir como punto de partida para otros nuevos. Junto con Claudio Tennie y Josep Call, también investigó qué mecanismos de aprendizaje social podrían explicar las diferencias entre la cultura humana y la de otros grandes simios.[7][8]
No significa que las demás especies carezcan de tradiciones. Los chimpancés presentan comportamientos aprendidos que varían entre poblaciones. Y sigue habiendo debate sobre el grado de acumulación cultural que puede observarse fuera de nuestra especie. La diferencia más notable no puede resumirse en «ellos imitan y nosotros inventamos»: intervienen la enseñanza, la cooperación, la fidelidad de transmisión, el lenguaje y la organización social.
Desde esta perspectiva, la historia de la tecnología deja de pertenecer exclusivamente a una galería de genios. Incluye a quienes enseñaron técnicas, corrigieron errores, conservaron instrumentos y compartieron conocimientos. Un navegante puede utilizar mapas elaborados por personas que nunca conoció; una programadora puede construir sobre bibliotecas escritas por generaciones anteriores. Gran parte de lo que llamamos inteligencia individual se apoya en una herencia colectiva.
Ese conocimiento compartido también tiene límites: puede olvidarse, restringirse, difundirse de manera desigual o perder su utilidad cuando cambia el entorno. La acumulación cultural no es un progreso automático. Pero hace posible que cada generación encuentre un mundo transformado por las anteriores.
Cuando aprendimos a pensar fuera de nuestra cabeza
Hay una diferencia entre recordar dónde está un río y poder dibujarlo en un mapa. En el segundo caso, la información permanece disponible para otras personas, puede corregirse y permite observar relaciones difíciles de mantener simultáneamente en la memoria. Una representación externa no es solo un depósito de conocimientos: también ofrece nuevas formas de trabajar con ellos.
La escritura llevó esa posibilidad aún más lejos. Una lista permite recordar sin retener cada elemento; un registro conserva acuerdos; una fórmula fija relaciones que pueden discutirse siglos después. Como ocurre con tantas herramientas, estas ventajas no llegaron sin controversia. En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates un relato en el que se cuestiona la escritura: confiar demasiado en signos externos, se teme allí, podría debilitar el ejercicio de la memoria y confundir la familiaridad con las palabras con la comprensión de su contenido.[9]
El paralelismo con las discusiones actuales sobre Internet resulta sugerente, pero conviene no exagerarlo. La crítica de Platón pertenece a un contexto filosófico concreto y no constituye un experimento sobre los efectos cognitivos de la escritura. Sí permite reconocer que la preocupación por el conocimiento almacenado fuera de la mente es antigua: ¿sabemos algo cuando podemos consultarlo, o solamente cuando somos capaces de comprenderlo y utilizarlo?
El antropólogo y científico cognitivo Edwin Hutchins abordó el problema desde otro ángulo. En Cognition in the Wild, estudió cómo la navegación de un barco depende de la coordinación entre personas, instrumentos, procedimientos y representaciones. El resultado no se explica adecuadamente atendiendo a una sola cabeza: parte de la actividad cognitiva está distribuida entre los miembros del grupo y los recursos que utilizan.[10]
Un cuaderno, una carta náutica o una hoja de cálculo no piensan por nosotros del mismo modo. Sin embargo, todos modifican la organización de una tarea. La capacidad de recordar, comparar y decidir ya no depende únicamente de lo que una persona puede sostener mentalmente en un instante. Esta transformación abre el siguiente capítulo de la historia: representar un problema de forma tan precisa que pueda describirse como una secuencia de operaciones.
Del pensamiento al algoritmo
En la Grecia antigua, los Elementos de Euclides recogieron un procedimiento para hallar una medida común máxima entre dos números. La idea básica consiste en reducir progresivamente el problema a otros más pequeños hasta encontrar un resultado. Hoy lo conocemos como algoritmo de Euclides, y sigue apareciendo en cursos de matemáticas y programación. Su presentación histórica mediante restas sucesivas es equivalente, para este fin, a la versión moderna que emplea divisiones con resto.[11]
Consideremos dos números, 84 y 30. Dividir 84 entre 30 deja resto 24; dividir 30 entre 24 deja resto 6; dividir 24 entre 6 deja resto 0. El último resto distinto de cero, 6, es su máximo común divisor. Lo decisivo no son esos números concretos, sino que la misma regla puede aplicarse a otros. Hemos descrito una forma de proceder que no depende de descubrir una solución nueva en cada ocasión.
No todo razonamiento humano puede reducirse a una lista de instrucciones. Pero algunos problemas permiten definir operaciones, estados y reglas de manera explícita. Con el tiempo, esa posibilidad adquirió una importancia extraordinaria: los procedimientos matemáticos podían ser ejecutados no solo por personas, sino también por dispositivos diseñados para seguir instrucciones.
En 1936, Alan Turing presentó un modelo teórico de computación y describió la idea de una máquina universal capaz de simular otras máquinas cuando dispone de su descripción. No inventó por sí solo la computación ni convirtió cualquier problema humano en algo calculable. Su trabajo ayudó a precisar qué significa que un procedimiento pueda ser realizado mecánicamente y mostró que existen límites a lo computable.[12]
Aquí aparece una diferencia profunda con las primeras herramientas materiales. Un cuchillo altera físicamente aquello sobre lo que actúa. Un algoritmo expresa una estructura de operaciones que puede aplicarse a distintas representaciones. Los ordenadores no eliminan la necesidad de comprender un problema: ejecutan procedimientos sobre representaciones previamente definidas, a velocidades y escalas impensables para una persona.
Por eso la historia de la informática también es una historia de abstracción. Crear una variable, diseñar una estructura de datos o formular un modelo estadístico exige decidir qué aspectos de la realidad importan y cuáles se dejan fuera. Una representación puede resultar poderosa precisamente porque simplifica; también puede fallar si esa simplificación oculta algo esencial.
¿Seguimos utilizando herramientas o hemos comenzado a delegar nuestro pensamiento?
Llegados a este punto, la inteligencia artificial plantea una nueva versión de una cuestión antigua. No se limita a almacenar información o ejecutar una operación aritmética elegida de antemano por el usuario: algunos sistemas actuales pueden generar textos, código, imágenes o propuestas de solución ante instrucciones expresadas en lenguaje natural. En determinadas tareas, eso amplía notablemente lo que una persona puede producir por sí sola.
Pero la facilidad para obtener una respuesta también altera la relación entre hacer y comprender. Podemos conseguir un programa funcional sin saber explicar cada decisión del código; podemos leer un resumen sin haber recorrido el argumento original. Esto no demuestra que estemos perdiendo inteligencia. Sí invita a preguntarnos qué conocimientos conserva quien delega una tarea y cuáles necesita para evaluar el resultado.
La investigación sobre descarga cognitiva ayuda a formular la pregunta sin convertirla en una condena general de las herramientas. Apoyarse en recursos externos puede liberar atención para otros aspectos de un problema; también puede producir dependencia de una ayuda que no siempre está disponible. El efecto depende de la tarea, del usuario y de cómo se utilice esa ayuda.[4]
Además, un resultado convincente no es necesariamente correcto. Los informes de evaluación de riesgos de la IA generativa señalan que estos sistemas pueden producir información falsa presentada de forma segura y coherente. Delegar una parte del trabajo no elimina la necesidad de contrastar fuentes, comprobar hipótesis o asumir responsabilidades por lo que hacemos con las respuestas.[13]
La teoría de la mente extendida reaparece aquí como una provocación útil, no como una solución definitiva. ¿Puede un sistema externo incorporarse de tal manera a nuestras rutinas que participe en cómo razonamos? Quizá en ciertas prácticas sea razonable describirlo así. Pero afirmar que una herramienta interviene en un proceso cognitivo no equivale a afirmar que posee conciencia, intenciones o una comprensión comparable a la humana.
También sería un error suponer que esta historia tiene un destino inevitable. La llegada de una tecnología no determina por sí sola cómo se distribuirá su uso ni a quién beneficiará. Las herramientas se diseñan, se enseñan, se regulan, se rechazan y se transforman dentro de sociedades concretas. Nuestra relación con ellas siempre ha sido técnica, pero también cultural y política.
El garrote que nunca fue solo un garrote
Volvamos a la primera escena. Una piedra golpea otra. El registro arqueológico no puede decirnos qué pensaba quien realizó aquel gesto, pero conserva algo de su actividad. Millones de años después, una persona escribe instrucciones para que una máquina procese información. Sería inexacto afirmar que ambas hacen «exactamente lo mismo». Sin embargo, los dos episodios pertenecen a una historia común: la de seres capaces de transformar su entorno y de apoyarse en esas transformaciones para hacer cosas nuevas.
En esa historia las herramientas no son únicamente objetos fabricados por una inteligencia que permanece inmutable. También forman parte de las condiciones en las que aprendemos y cooperamos. Un filo permite modificar materiales; un mapa representa un territorio; la escritura conserva una idea; un algoritmo hace reproducible un procedimiento. Ninguno de estos avances explica por sí solo qué significa pensar, pero todos obligan a examinar el problema desde otra perspectiva.
Quizá la pregunta más interesante no sea cuánto nos hemos alejado de aquellas primeras piedras, sino hasta qué punto nos hemos convertido en lo que somos a través de las herramientas que hemos aprendido a utilizar, compartir y transformar.
Fuentes y lecturas recomendadas
Las referencias combinan hallazgos arqueológicos, investigaciones de ciencia cognitiva y propuestas filosóficas. Estas últimas se presentan como interpretaciones, no como hechos experimentales demostrados.
- Harmand, S. et al. (2015). «3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3, West Turkana, Kenya». Nature, 521, 310–315. doi.org/10.1038/nature14464.
- Pinker, S. (2010). «The cognitive niche: Coevolution of intelligence, sociality, and language». PNAS, 107(Supl. 2), 8993–8999. doi.org/10.1073/pnas.0914630107.
- Clark, A. y Chalmers, D. (1998). «The Extended Mind». Analysis, 58(1), 7–19. doi.org/10.1093/analys/58.1.7.
- Risko, E. F. y Gilbert, S. J. (2016). «Cognitive Offloading». Trends in Cognitive Sciences, 20(9), 676–688. doi.org/10.1016/j.tics.2016.07.002.
- Smithsonian Institution, Human Origins Program. «Tools & Food» (incluye ejemplos de uso de herramientas por chimpancés). humanorigins.si.edu/human-characteristics/tools-food.
- Malafouris, L. (2013). How Things Shape the Mind: A Theory of Material Engagement. MIT Press. doi.org/10.7551/mitpress/9476.001.0001.
- Tomasello, M. (1999). «The Human Adaptation for Culture». Annual Review of Anthropology, 28, 509–529. doi.org/10.1146/annurev.anthro.28.1.509.
- Tennie, C., Call, J. y Tomasello, M. (2009). «Ratcheting up the ratchet: on the evolution of cumulative culture». Philosophical Transactions of the Royal Society B, 364, 2405–2415. doi.org/10.1098/rstb.2009.0052.
- Platón, Fedro, 274c–275b (relato sobre la escritura y la memoria). Texto disponible en Perseus Digital Library.
- Hutchins, E. (1995). Cognition in the Wild. MIT Press. doi.org/10.7551/mitpress/1881.001.0001.
- Euclides, Elementos, libro VII, proposición 2. Edición en Perseus Digital Library.
- Turing, A. M. (1936/1937). «On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem». Proceedings of the London Mathematical Society, s2-42, 230–265. doi.org/10.1112/plms/s2-42.1.230.
- NIST (2024). Artificial Intelligence Risk Management Framework: Generative Artificial Intelligence Profile (NIST AI 600-1). doi.org/10.6028/NIST.AI.600-1.
- Gibson, J. J. (1979). The Ecological Approach to Visual Perception. Houghton Mifflin. Reedición y descripción editorial en Routledge.