← Volver

La vida moderna y el cerebro que no fue diseñado para ella

Imagen ilustrativa

Nunca habíamos vivido con tanta comodidad. Comida fácil, temperatura controlada, entretenimiento instantáneo y cada vez menos necesidad de esfuerzo físico real. En teoría, deberíamos sentirnos mejor que nunca.

Pero no parece que esté pasando eso.

Vivimos más seguros, sí, pero también más ansiosos, más apáticos y, muchas veces, más frágiles. Quizá el problema es que hemos construido una vida demasiado cómoda para un cerebro y un cuerpo que pasaron miles de años adaptándose al esfuerzo, a la incertidumbre, al movimiento y a la necesidad de responder constantemente al entorno. Cuando casi todo eso desaparece, no siempre aparece más bienestar; a veces aparece vacío, debilidad y una sensación extraña de que algo esencial falta.

El problema de una vida demasiado fácil

Persona relajada en un sofá usando el móvil

El ser humano moderno vive en un entorno radicalmente distinto de aquel en el que se formaron su cuerpo y su mente. Y eso importa más de lo que parece.

Durante casi toda nuestra historia no existía una vida sin fricción. Conseguir comida exigía esfuerzo. Moverse exigía esfuerzo. Protegerse del frío, del calor, del hambre o de otros peligros exigía atención constante. Incluso las tareas más básicas de la vida diaria obligaban al cuerpo a activarse y a la mente a mantenerse conectada con el entorno. No hacía falta irse a una guerra ni vivir una aventura extrema para experimentar dificultad: la dificultad estaba integrada en la vida misma.

Hoy pasa casi lo contrario. Gran parte del progreso moderno consiste precisamente en eliminar esa fricción. Ya no necesitas caminar kilómetros para conseguir recursos, ni soportar temperaturas incómodas, ni resolver con tus manos la mayoría de problemas básicos de supervivencia. Puedes pasarte un día entero relativamente inmóvil, en un espacio climatizado, con comida al alcance, distracción infinita y muy pocas exigencias físicas reales. Y, evidentemente, eso tiene muchísimas ventajas. Sería absurdo romantizar una vida más dura solo porque sí.

Pero una cosa es reconocer que vivimos mejor en muchos sentidos y otra muy distinta asumir que nuestro organismo encaja perfectamente con este nuevo entorno.

Ahí está el punto importante. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo no fueron moldeados para una comodidad constante, sino para un mundo donde había movimiento, incertidumbre, espera, incomodidad y necesidad de responder. No estaban hechos para una existencia donde casi todo estímulo llega de forma instantánea, donde casi toda molestia puede evitarse al momento y donde la mayor parte del desgaste es mental, sedentario y repetitivo. Por eso muchas veces la vida moderna produce una sensación tan extraña: teóricamente todo es más fácil, pero subjetivamente no siempre te sientes mejor.

De hecho, buena parte del malestar contemporáneo puede leerse desde ahí. No porque vivamos peor que nuestros antepasados, sino porque vivimos en una especie de desajuste. Tenemos un sistema nervioso calibrado para detectar amenazas, adaptarse al esfuerzo y responder al entorno, pero lo encerramos en rutinas donde casi no hay reto físico real y, al mismo tiempo, sí hay una sobrecarga continua de estímulos, notificaciones, presión social, ruido mental y fatiga difusa. Es decir: menos dificultad real, pero mucha activación mal canalizada.

Por eso Daniel Lieberman insiste tanto en la idea del desajuste entre genes antiguos y entorno moderno. No significa que debamos volver atrás ni jugar a ser cavernícolas. Significa algo más interesante: que muchas de las cosas que hoy tratamos como simples molestias —el esfuerzo físico, la incomodidad puntual, el aburrimiento, la espera, la exposición gradual a la dificultad— quizá no eran errores de la vida antigua, sino partes normales del tipo de criatura que somos.

Dicho de otra forma: puede que el problema no sea solo el exceso de estrés, sino también la ausencia de ciertas clases de esfuerzo que antes estaban incorporadas en la vida diaria. Porque no todo lo incómodo es malo. No toda fricción es un fallo. Y no toda vida fácil termina siendo una vida buena.

Si eliminas demasiado, no solo eliminas sufrimiento. A veces también eliminas fuerza, tolerancia, capacidad de adaptación y hasta una parte del sentido de estar realmente vivo.

Nietzsche: el peligro frente a la comodidad

Ejemplo sección

Si hay un pensador que encaja casi de forma brutal con esta idea, es Nietzsche. Porque Nietzsche no critica la comodidad solo como un problema práctico, sino como un ideal de vida equivocado. Para él, una sociedad que pone por encima de todo la seguridad, la tranquilidad y la ausencia de conflicto acaba produciendo seres humanos más pequeños. Más domesticados. Más incapaces de soportar el peso de una vida exigente.

Aquí entra su idea del “último hombre”, que me parece de lo más actual que escribió. El último hombre no es alguien malvado ni especialmente trágico. Ese es precisamente el problema. Es alguien que solo quiere estar bien, no sufrir demasiado, no arriesgar demasiado, no exigirse demasiado. Busca comodidad, estabilidad, entretenimiento y pequeñas satisfacciones. No quiere grandeza porque la grandeza cuesta. No quiere transformarse porque transformarse duele. No quiere peligro porque el peligro obliga a crecer.

Y cuando lo lees, cuesta no pensar que gran parte de la vida moderna empuja justo en esa dirección.

No porque vivamos todos como caricaturas, pero sí porque el sistema entero parece orientado a eso: minimizar molestias, evitar la incomodidad, anestesiar el aburrimiento, llenar cada vacío con distracción y convertir la seguridad en el valor supremo. Todo tiene que ser rápido, cómodo, accesible y lo menos duro posible. El ideal ya no es volverse fuerte, profundo o capaz de soportar la realidad, sino diseñar una vida donde casi nada te roce demasiado.

El problema es que, desde una mirada nietzscheana, eso tiene un precio. Cuando intentas eliminar toda fricción de la vida, no solo eliminas dolor innecesario. También eliminas ocasiones para desarrollar carácter, disciplina, coraje y capacidad de superación. Te acostumbras a una existencia cada vez más blanda, y luego cualquier dificultad real te parece insoportable. No porque sea objetivamente terrible, sino porque ya no tienes costumbre de resistir.

Por eso Nietzsche valora tanto la dureza, la tensión y el riesgo, no como una especie de culto absurdo al sufrimiento, sino porque entiende que ciertas formas de crecimiento humano solo aparecen cuando hay resistencia. Nadie desarrolla fuerza evitando siempre el esfuerzo. Nadie se vuelve valiente viviendo siempre entre algodones. Nadie construye una personalidad sólida si toda su vida está organizada para no enfrentarse nunca de verdad a nada incómodo.

Y aquí “peligro” no tiene por qué significar jugarse la vida ni vivir al límite como un loco. Puede significar algo mucho más cercano: atreverte a hacer cosas que te exponen, asumir responsabilidad real, soportar momentos de incertidumbre, sostener el esfuerzo cuando apetece huir, renunciar a la gratificación inmediata, aceptar retos que te obligan a cambiar. Ese tipo de peligro que no siempre sale en las películas, pero que sí separa una vida vivida con intensidad de una vida simplemente administrada.

Visto así, la crítica de Nietzsche no va solo contra la comodidad material. Va contra una forma de existencia donde la meta principal pasa a ser no alterarse demasiado. Estar bien, pero no demasiado vivo. Estar seguro, pero cada vez menos fuerte. Estar entretenido, pero cada vez más vacío.

Y quizá esa sea una de las intuiciones más incómodas de todo este tema: una vida demasiado protegida puede terminar atrofiando justo aquellas partes de ti que necesitaban dificultad para desarrollarse.

Taleb: sin estrés nos volvemos frágiles

Ejemplo sección

Si Nietzsche sirve para atacar la comodidad como ideal, Taleb sirve para explicar por qué esa comodidad, llevada demasiado lejos, puede volvernos más débiles. Aquí ya no hablamos solo de una crítica cultural o moral, sino de una idea bastante concreta: hay cosas que no empeoran con el estrés, sino que se benefician de él.

Taleb distingue entre lo frágil, lo robusto y lo antifrágil. Lo frágil se rompe con el golpe. Lo robusto aguanta. Pero lo antifrágil va un paso más allá: mejora con cierta dosis de desorden, presión o dificultad. Y eso encaja muy bien con muchísimas cosas de la vida humana.

El cuerpo es un ejemplo bastante obvio. Si lo sometes a un esfuerzo razonable, se adapta. El músculo crece cuando lo obligas a trabajar. Los huesos se fortalecen con carga. El sistema cardiovascular mejora cuando le exiges. Incluso el sistema inmune necesita exposición para aprender. No mejora en una urna de cristal. Mejora cuando tiene algo contra lo que reaccionar.

Con la mente pasa algo parecido. No toda presión es destructiva. Hay dificultades que te rompen, sí, pero también hay dificultades que te entrenan. La incomodidad voluntaria, la exposición gradual a situaciones que cuestan, el esfuerzo sostenido, la incertidumbre manejable, el fracaso pequeño que te obliga a corregir: todo eso puede hacerte más capaz. No porque sufrir sea bueno en sí mismo, sino porque hay capacidades que solo aparecen cuando hay algo que vencer.

Por eso la obsesión moderna por eliminar cualquier forma de malestar tiene algo de trampa. A corto plazo parece una victoria. Menos esfuerzo, menos espera, menos incomodidad, menos riesgo. Pero cuando conviertes eso en norma, el resultado no siempre es una persona más sana o más fuerte. Muchas veces es una persona que tolera peor la frustración, que necesita gratificación inmediata, que se desregula antes ante cualquier dificultad y que ha perdido costumbre de resistir.

Taleb insiste mucho en esto: cuando intentas proteger algo de toda variabilidad, muchas veces lo vuelves más vulnerable. Lo aíslas tanto del estrés que deja de saber responder a él. Y entonces aparece la paradoja: una vida diseñada para evitar cualquier golpe termina produciendo individuos que se tambalean con golpes cada vez más pequeños.

Esto se ve muy bien en cosas bastante cotidianas. Si nunca te expones al aburrimiento, cada minuto sin estímulo se vuelve insoportable. Si nunca fuerzas el cuerpo, cualquier esfuerzo se siente excesivo. Si siempre eliges la opción más cómoda, la incomodidad deja de ser una parte normal de la vida y empieza a parecer una agresión. Poco a poco, no solo reduces el dolor: también reduces tu umbral de tolerancia.

Lo interesante de Taleb es que no está diciendo que cuanto más caos, mejor. No se trata de romantizar el desorden ni de vivir buscándote problemas absurdamente. Se trata de entender que hay sistemas, y el ser humano parece ser uno de ellos en bastantes aspectos, que necesitan una cierta cantidad de reto para mantenerse vivos y funcionales. Igual que un cuerpo sedentario se deteriora, una mente demasiado protegida puede volverse blanda.

Visto así, parte del malestar moderno podría tener que ver con esto: hemos aprendido a evitar muy bien los grandes peligros antiguos, pero en el proceso también hemos reducido demasiado esas pequeñas dosis de fricción que antes mantenían al organismo despierto, adaptable y fuerte. Queremos los beneficios de la fortaleza, pero sin pasar por casi nada que la construya.

Y ahí está una de las ideas más potentes de Taleb aplicada a la vida diaria: protegerte de todo no te hace invulnerable. A veces solo te hace más frágil.

Arendt: la vida moderna como reducción a función

Ejemplo sección

Con Arendt el problema cambia un poco. Ya no se trata solo de que nos falte riesgo o de que nos hayamos vuelto más frágiles por evitar toda incomodidad. El problema es también que gran parte de la vida moderna nos empuja a existir de una forma cada vez más funcional, más repetitiva y más pobre desde el punto de vista humano.

Arendt distingue entre labor, work y action, y aunque suene muy teórico, la idea de fondo es bastante fácil de entender. La labor tiene que ver con todo lo que hacemos para mantener la vida en marcha: lo repetitivo, lo necesario, lo que nunca termina del todo. Comer, limpiar, producir, volver a empezar. El work ya tiene más que ver con construir cosas duraderas, con dar forma al mundo. Y la action es todavía otra cosa: actuar de verdad entre otros, iniciar algo, intervenir, aparecer como alguien que no solo cumple una función, sino que tiene voz, juicio y capacidad de comenzar algo nuevo.

El problema es que muchas vidas modernas parecen quedar atrapadas casi por completo en la primera capa, o como mucho en una mezcla rara entre labor y una versión muy empobrecida del trabajo. Levantarse, ir a trabajar, cumplir tareas, responder mensajes, producir, consumir un poco para recuperarse, dormir y repetir. Y no hace falta que ese trabajo sea físicamente durísimo para que resulte agotador. A veces el cansancio viene precisamente de lo contrario: de pasar años enteros funcionando como una pieza más, resolviendo pequeñas tareas sin demasiada profundidad, sin demasiado margen de acción real y sin sensación de estar construyendo algo propio.

Ahí es donde la crítica de Arendt encaja muy bien con este tema. Porque quizá el problema de la vida moderna no es solo que nos proteja demasiado del peligro, sino que también nos encierra en rutinas donde actuamos poco y funcionamos mucho. Somos eficientes, sí. Estamos ocupados, sí. Pero estar ocupado no es lo mismo que vivir de una forma plena. Puedes tener el día completamente lleno y, aun así, sentir que casi nada de lo que haces te pertenece de verdad.

Esto se nota especialmente en muchos trabajos modernos. No porque todo empleo actual sea alienante por definición, sino porque una parte enorme del mundo laboral está organizada alrededor de la ejecución continua: cumplir objetivos, mover información, responder correos, atender sistemas, llenar hojas, asistir a reuniones, mantener el engranaje funcionando. El individuo sigue ahí, claro, pero muchas veces reducido a rendimiento, disponibilidad y adaptación. Más que actuar, gestiona. Más que construir mundo, mantiene procesos. Más que decidir de verdad, responde a flujos que ya estaban marcados.

Y cuando una vida queda demasiado encerrada en ese esquema, pasa algo curioso: no solo puede aparecer cansancio, también puede aparecer una sensación de vaciamiento. Porque al ser humano no le basta siempre con estar seguro, alimentado y entretenido. También necesita sentir que hace algo más que sostener su propia supervivencia y cumplir funciones. Necesita iniciativa, dirección, responsabilidad, incluso una cierta exposición ante el mundo. Necesita, en el sentido fuerte, actuar.

Por eso Arendt eleva bastante el argumento. La cuestión no es únicamente que hoy nos movamos menos o que toleremos peor la incomodidad. Es que una vida demasiado organizada alrededor de la utilidad, la repetición y el mantenimiento puede acabar reduciendo al ser humano a algo parecido a un administrador de necesidades. Un ser que trabaja, consume, descansa un poco y vuelve a empezar, pero que cada vez encuentra menos espacio para hacer algo que rompa ese circuito.

Visto así, el malestar moderno no tiene una sola causa. No es solo biología, ni solo psicología, ni solo filosofía. Es también una cuestión de forma de vida. No solo nos falta fricción; muchas veces nos falta altura. No solo nos falta esfuerzo real; nos falta también una existencia menos reducida a tareas, menos encerrada en la mera funcionalidad y más abierta a una forma de acción que no consista simplemente en seguir funcionando.

Lo que dice la ciencia: desajuste, hormesis y estrés

Ejemplo sección

Una forma bastante seria de mirar todo esto es la llamada hipótesis del desajuste evolutivo. La idea es sencilla: nuestro cuerpo y nuestro cerebro se formaron en condiciones muy distintas a las actuales, y cuando el entorno cambia mucho más rápido que nuestra biología, empiezan a aparecer problemas. No significa que el pasado fuera mejor ni que debamos idealizarlo, pero sí que ciertos rasgos que tenían sentido en contextos antiguos pueden funcionar peor en un mundo de sedentarismo, comodidad constante y estimulación artificial casi infinita. La pregunta, entonces, no es si vivimos más cómodos que antes, porque eso es evidente, sino si esa comodidad encaja del todo bien con el tipo de organismo que seguimos siendo.

Aquí entra también otra idea interesante: la hormesis. Dicho de forma simple, no todo estrés es malo. Algunas pequeñas dosis de estrés, cuando son breves y manejables, pueden activar mecanismos de adaptación y hacer al organismo más resistente. Pasa con el ejercicio físico, con ciertos esfuerzos cognitivos y, en general, con muchas situaciones donde el cuerpo o la mente tienen que responder a una dificultad limitada. El problema no suele ser la existencia de cualquier estrés, sino la dosis, la duración y el contexto. Un organismo al que no se le exige nada se atrofia, pero uno sometido a una presión continua también se deteriora.

Esto conecta con una distinción clave en neurociencia: no es lo mismo el estrés agudo que el estrés crónico. El estrés agudo, en ciertas circunstancias, puede ser útil. Prepara al cuerpo para responder, moviliza energía y puede incluso mejorar algunas funciones a corto plazo. El estrés crónico es otra historia. Cuando la activación se vuelve constante y el sistema nunca termina de apagarse, aparece lo que autores como Bruce McEwen llamaron carga alostática: un desgaste acumulado que afecta al cuerpo y también al cerebro. Es decir, no estamos hechos ni para una vida sin ninguna exigencia ni para una vida de activación difusa permanente.

Quizá ahí está una parte importante del malestar moderno. Hemos reducido muchas dificultades físicas y muchas amenazas antiguas, pero a cambio no siempre hemos ganado equilibrio. Más bien hemos sustituido parte de la fricción útil por otra peor: menos movimiento real, menos esfuerzo corporal y menos contacto directo con el entorno, pero más sobreestimulación, más sedentarismo y más estrés de fondo. Desde esta perspectiva, el problema no es que al ser humano “le falte sufrir”, sino que vive en un entorno que le quita muchas de las exigencias que lo fortalecían y, al mismo tiempo, le impone otras formas de presión que solo lo desgastan.

La diferencia entre un reto y un desgaste

Ejemplo sección

Llegados a este punto conviene aclarar algo, porque si no todo este argumento se puede malinterpretar muy fácilmente. No se trata de defender el trauma, la miseria ni una vida constantemente al límite. No se trata de decir que cuanto peor lo pases, mejor. Eso sería una tontería.

Hay una diferencia enorme entre una dificultad que te obliga a activarte y una situación que te destruye. No es lo mismo el esfuerzo que el agotamiento crónico. No es lo mismo la incomodidad voluntaria que la desesperación. No es lo mismo un reto que te hace crecer que una carga continua que te aplasta. Y mezclar todo eso sería confundir cosas muy distintas.

De hecho, una parte del problema moderno no es solo que hayamos eliminado demasiada fricción útil, sino también que muchas veces la hemos sustituido por otra mucho peor. Menos esfuerzo físico real, sí, pero más fatiga mental difusa. Menos riesgo directo, pero más ansiedad constante. Menos necesidad de actuar sobre el mundo, pero más sensación de presión permanente. No vivimos como cazadores-recolectores, pero tampoco vivimos precisamente en calma. Muchas personas no están faltas de estrés; están llenas de un estrés pobre, desordenado y prolongado que no fortalece, solo desgasta.

Y ahí está el matiz clave. El problema no es “nos falta sufrimiento” en un sentido bruto. El problema es que hemos aprendido a evitar muchas formas de dificultad que podían volvernos más fuertes, mientras nos exponemos cada día a formas de malestar que nos vuelven más dispersos, más cansados y más dependientes. Hemos quitado parte de la fricción que construía capacidad y hemos dejado mucha de la fricción que simplemente drena.

Por eso no tendría sentido idealizar el pasado. El pasado estaba lleno de dolor inútil, enfermedad, violencia, inseguridad real y sufrimiento que nadie en su sano juicio querría recuperar. La cuestión no es volver atrás. La cuestión es distinguir mejor. Entender que hay incomodidades que conviene reducir al máximo, pero también hay otras que quizá deberíamos reintroducir de forma consciente en nuestra vida porque son parte normal de una existencia humana sana.

Hacer ejercicio, asumir responsabilidad, aprender cosas difíciles, tolerar el aburrimiento, exponerte poco a poco a lo que te cuesta, renunciar a la gratificación inmediata, sostener el esfuerzo cuando no apetece. Nada de eso es un culto absurdo al sufrimiento. Es simplemente volver a darle un lugar a ciertas formas de dificultad que no te rompen, sino que te hacen más capaz.

Ese es el matiz que no conviene perder: no toda incomodidad es mala, pero tampoco todo estrés es bueno. La clave no está en sufrir más, sino en recuperar aquellas formas de fricción que fortalecen y dejar de aceptar como normales aquellas que solo vacían, desgastan y empequeñecen.

Recuperar la fricción perdida

Ejemplo sección

No hace falta volver a vivir en una cueva, ni convertir la dureza en una especie de religión. Tampoco se trata de admirar el sufrimiento por el sufrimiento. Sería absurdo. Pero quizá sí hace falta admitir algo más incómodo: una vida completamente diseñada para evitar toda fricción no siempre termina siendo una vida mejor.

Porque cuando eliminas demasiado, no solo desaparece el dolor innecesario. A veces también desaparecen cosas que te hacían fuerte. La capacidad de esperar. La tolerancia a la incomodidad. El hábito del esfuerzo. La sensación de que puedes sostenerte frente a algo difícil sin romperte enseguida. Incluso una parte del sentido. Porque muchas veces lo que más llena no es lo más fácil, sino lo que exige algo de ti.

Tal vez por eso tanta gente se siente rara en medio de una vida objetivamente cómoda. No porque necesite más caos, ni más miseria, ni más peligro real, sino porque le faltan experiencias que le recuerden que sigue siendo un ser humano y no solo un consumidor bien entretenido o una pieza funcional dentro de una rutina. Le falta movimiento real, dificultad real, responsabilidad real, exposición real al mundo.

La vida moderna nos ha dado muchísimo, y sería ridículo negarlo. Pero también nos ha ido separando poco a poco de ciertas condiciones en las que el cuerpo y la mente parecían funcionar con más fuerza. Quizá no necesitamos volver a la selva, pero sí reintroducir en nuestra vida dosis de esfuerzo físico, desafío mental, incomodidad voluntaria, riesgo medido y responsabilidad verdadera.

No porque sufrir sea bueno en sí mismo. Sino porque un ser humano protegido de toda fricción puede acabar siendo más débil, más vacío y menos libre.

Fuentes y lecturas recomendadas

  1. Lieberman, Daniel E. The Story of the Human Body: Evolution, Health, and Disease. Penguin Random House. penguinrandomhouse.com/books/.../the-story-of-the-human-body...
  2. Nietzsche, Friedrich. Thus Spake Zarathustra: A Book for All and None. Project Gutenberg. gutenberg.org/ebooks/1998
  3. Nietzsche, Friedrich. The Joyful Wisdom ("La Gaya Scienza"). Project Gutenberg. gutenberg.org/ebooks/52124
  4. Leiter, Brian. “Nietzsche’s Moral and Political Philosophy”. Stanford Encyclopedia of Philosophy. plato.stanford.edu/entries/nietzsche-moral-political/
  5. Taleb, Nassim Nicholas. Antifragile: Things That Gain from Disorder. Penguin Random House. penguinrandomhouse.com/books/.../antifragile...
  6. Arendt, Hannah. The Human Condition. University of Chicago Press. press.uchicago.edu/ucp/books/book/chicago/H/...
  7. Lea, Amanda J. et al. (2023). “Applying an evolutionary mismatch framework to understand disease susceptibility”. PLOS Biology, 21(9): e3002311. doi.org/10.1371/journal.pbio.3002311
  8. Li, Xin, Yang, Tingting & Sun, Zheng (2019). “Hormesis in health and chronic diseases”. Trends in Endocrinology & Metabolism, 30(12): 944–958. doi.org/10.1016/j.tem.2019.08.007
  9. McEwen, Bruce S. (2004). “Protection and damage from acute and chronic stress: allostasis and allostatic overload and relevance to the pathophysiology of psychiatric disorders”. Annals of the New York Academy of Sciences, 1032: 1–7. doi.org/10.1196/annals.1314.001
  10. McEwen, Bruce S. (2000). “Allostasis and Allostatic Load: Implications for Neuropsychopharmacology”. Neuropsychopharmacology, 22: 108–124. doi.org/10.1016/S0893-133X(99)00129-3